How wild it was, to let it be.

 

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Esa mañana abrí los ojos y perdí la noción del tiempo. Como si me hubiese desmayado y despertase no sabiendo bien a dónde o a quién mirar. Esa mañana todo me sonaba a ruido, ruedas, rápido, railes. El traqueteo recreaba el vaivén de la más dulce cuna. Era una mezcla de euforia, excitación y miedo. No entendía por qué yo tenía que estar ahí.

Su voz me calmaba mientras me explicaba que cuando una persona se rompe, toda su biografía, su vida, queda pequeñamente arrastrada por ello hacia un yo más oscuro.

Nosotros somos hilanderos de historias, me decía, vamos corriendo por el mundo arreglando momentos para que tengan el final adecuado; para que ese niño llegue a ser un escritor, o ese anciano llegue a conocer a sus nietos. Hacemos todo lo posible para que las almas queden conectadas y no desaparezcan de la historia antes de tiempo. Hoy te ha tocado a ti.

 

Yo podía escucharle y observar todo de lejos, como si mi cuerpo ya no formara parte de mí. Tenía la capacidad de ver su trabajo y el cansancio que rodeaba sus ojos.

Corríamos tanto que creí que volábamos, sobrevolando Madrid con los ojos cerrados. En solo milésimas de segundo, curaban almas con la delicadeza de un hilandero de seda, con la certeza de un matemático y con la rapidez de un colibrí. Podía ver esas manos trabajando al compás de un pianista marcando el tempo y sentir que ya no tenía miedo.

Era un torbellino de sensaciones, una mezcla de pasión y calma, de conocimiento y humildad. Su voz tenía el poder de hacerme sentir viva, de hacerme cosquillas entre los pulmones en aquella ambulancia traqueteante. Y ya no me hizo falta nada más.

 

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de | mayo 4, 2016 · 9:41 am

Como sentir llover desde dentro, como empaparse de ganas.

 

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Tal y como quedó descrito: somos seres infinitos.

Ahora más que nunca. Como si la experiencia te proporcionara certeza sobre aspectos intangibles y caos sobre lo visible. Errar sólo nos hace más sabios, mates, como la piedra que se pule con el agua y rueda cada vez más rápido.

Qué lejanos y qué bellos quedan aquellos momentos lentos, donde dejábamos tiempo y espacio a cada sonrisa y pálpito.

Sé que no soy quién para pedir nada. Por eso no pido, recito. Invoco a tus musas. Bailo con tus pensamientos. Fumo las miradas e inhalo el humo de tu jardín.

Te busco de lejos para verte de cerca. Voy arrancando el coche. Anhelo tus alas de águila. Subo a los montes para alcanzar las nubes donde pensar en voz alta.

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De nuevo, recito: regresemos en el tiempo a todos esos incoherentes y felices segundos. Escribamos con ansia, con locura, con necesidad. Revivamos a Jack Kerouac una vez más.

Luchemos por las cervezas de madrugada con la certeza de que dormir no merece la pena, hagamos que su espíritu orgulloso baile un twist.

Volvamos a arreglar el mundo desde el cristal de un vaso.

Embriaguémonos con recuerdos y hablemos claro. Siempre me han atraído las personas honestas.

Olvidemos los golpes, hagamos que el viaje merezca la pena.

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de | enero 17, 2016 · 3:29 pm

Quiero quedarme a vivir en ese instante en el que la montaña rusa llega arriba y no antes, ni después.

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“Es como si estuviera leyendo un libro y es un libro que amo profundamente. Pero ahora lo leo muy lentamente. Así que las palabras están muy separadas y el espacio entre las palabras es casi infinito. Aún puedo sentirte a ti y a las palabras de nuestra historia. Pero es en este espacio infinito entre las palabras que me estoy encontrando a mí misma. Es un lugar que no existe en el plano físico. Es donde está todo lo demás que ni siquiera sabía que existía.”

 

Vuelvo, rodeo y regreso. Sacudo el polvo a mis pensamientos. Dejo los sentimientos al libre albedrío. Los pálpitos llevan el ritmo: comienzo. Queridos Reyes Magos, querido tú, querido yo.

Pido, prometo, que en este nuevo año el escribir no se convierta en un billete hacia el pasado sino que sea mi pasaporte a reinventarme, a renacer, recalentar, realizar, revalorizar, responder, reír.

Que la brisa de siempre sea un nuevo impulso a aguantar con más paciencia los resbalones y sepa grabar en mi memoria todos y cada uno de los atardeceres que vienen cuando menos esperamos, tomando un café o en la cola del súper.

Que en cada discusión, al hacer balance, el cariño gane siempre el pulso. Y que escoja quedarme con todo lo aprendido aunque duela.

Busquemos más allá de nuestras pequeñas cajas mentales, salgamos de ellas, y valoremos todas esas nubes que hacen que cuando llega el sol, todo el mundo sonría. No olvidemos que pasamos un tercio de nuestras vidas dormidos y es que puede que sea el tiempo en el que nos sentimos más libres. Soñemos mucho, soñemos en voz alta. Que los ilusos gobiernen el mundo porque las utopías son imprescindibles para avanzar.

Que este sólo sea el comienzo hacia una nueva etapa, más brillante, más viva y más real.

 

Con cariño.

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de | diciembre 21, 2015 · 9:59 pm

Quien hubo antes de.

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Doy por hecho que ya no. Que sigues siendo pero ya no eres. Conmigo, ya no. Con alguien, tal vez. Doy por hecho que hay historias que terminan antes de empezar y lunes que nunca acaban de llegar. Doy por hecho que nuestras manos se cansaron de querer atrapar el agua entre los dedos. Que el agua no se coge. Se bebe.

Doy por hecho que las cosas cambiaron, que pasaron a otra dimensión y que ya no son más que cartas viejas de algo parecido a amor. Doy por hecho que nunca volverán a ser, que tal vez nunca fueron. Doy por hecho que ahora no estás más lejos de lo que estabas a mi lado. Y por una vez, sé que hago bien en dar las cosas por hecho. Antes no. Nunca hice bien adelantando sucesos. Nunca se me dio bien adivinar el futuro. Y mira que me gustaba. Me encantaba imaginar qué pasaría, qué acontecería. Me recreaba ideando situaciones tan positivas como negativas. Me agotaba el presente, me quedaba sin uñas.

Doy por hecho que quien ahora sonríe a tu lado no sabe quién hubo antes de. Que igual nunca le has contado que alguien quemó sus horas por ti. Unas diecisiete mil doscientas ochenta horas por ti. Que es muy posible que no le hayas hablado de la chica que bailaba torpemente al andar, la que rompió tu débil mente en mil pedazos. La que te sumergió en esperanza y te hizo creer que la vida era algo más que pasear por la calle.

Seguro que ni se te ocurre decirle que llegaste a quererme cuando era lo último que querías. Que, tal vez, nunca le has dicho que tuviste entre tus manos el corazón más ciego y patoso que alguien pueda tener. El más estúpido corazón jamás inventado.

Doy por hecho (también) que algún día habrá una segunda parte en este estúpido corazón. Un nuevo capítulo que empezará con un “Erase una vez…”. Será un “continuará” que tendrá otro protagonista. Alguien que me dibujará una nueva sonrisa nerviosa y que provocará de nuevo que el pulso se acelere de cero a cien, como mi coche cuando arranca. Alguien capaz de jugarse las horas por mí, el sentido común y la sensibilidad.

Alguien que tampoco sabrá quién hubo antes de.

No le contaré que hubo alguien que cambió mi vida de pies a cabeza. No le diré que le conocí de golpe y casualidad, ni que pasó a ser mi rutina favorita más perjudicial. Y si alguna vez pregunta, sólo diré que fuiste alguien más. Alguien normal, con una vida corriente, con pensamientos comunes. Alguien que me llenó y me dejó de llenar, sin más.

Pero lo cierto es que no. Y tú sabes que no. Porque fuiste (o fuimos) de todo menos normal. Fuimos magníficos durante algún tiempo. Fuimos fuegos artificiales, atracciones de feria, besos con fuerza. Un pulso continuo, un reto diario. Fuimos de todo menos simples. Unos inestables incapaces de ver que cuando no, es que no.

Tú y yo fuimos. Sin más. Pero prometo no contárselo a nadie.

Prometo no volver a escribirte más.

Doy por hecho que la vida sigue, siempre sigue. Y aplaudo siempre la continuidad. Faltaría más. Pero supongo que cierta parte de mis días seguirá viéndote en cada rincón de esta ciudad.

Seguiré viéndote, al menos hasta que los rayos de sol anuncien una nueva llegada.

Seguiré viéndote en cada película de domingo, en cada semáforo en rojo, en cada renglón a medias. Seguiré viéndote en las marcas del café, en las hojas dobladas de algún libro, en las fotos que nunca nos hicimos.

Seguiré viéndote, pero te prometo no hacerlo.

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No somos capaces de necesitarnos

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Me he dado cuenta de que soy mucho más feliz cuando te tengo cerca, y que sólo en ese momento dejo de preguntarme qué haces cuando no contestas mis palabras.
Que ya me has dado tantas sonrisas escondidas detrás de la pantalla, que dudo mucho que las pueda contar.
Que cada emoticono de un beso, simplemente es eso, un beso perdido más y un escrito menos.
Que cada vez que suspiras al mundo calla intentando escucharte, que he visto tu sonrisa en los ojos de la luna, mientras te escucho respirar.
Que entiendo que quieras irte o que ya lo hayas hecho, y te admiro por ello, porque yo no sería capaz de separarme ni un centímetro de ti, ni un solo segundo de silencio.
Y es que somos tan distintos pero a la vez tan parecidos que hasta asusta, como los portazos seguidos de una despedida que se dicen sin palabras, esas que el brillo de tus ojos ahoga sobre el barco de tu almohada.
Vi tu armadura incluso antes de rozarte, escudado en el orgullo de un sinfín de silencios que amenazan con romper tímpanos y aun así quise quedarme, para darte un poco más de ti y de mi.
Y es que no somos capaces de necesitarnos por miedo a entender que puede ser una catástrofe después del epicentro de nuestras miradas, y no somos capaces de entender que somos sólo eso, una sucesión alternada sin saber si parar en el lado positivo o negativo del eje de coordenadas de tu sonrisa.
¡Y que sí! Que hay días que tendemos a elevar el infinito, tal vez por mi teoría de los momentos con respecto al origen o por tu necesidad de hacerme feliz.
Y que hace mucho que dejé de ser un estimador suficiente y es que tú has sabido camuflarte detrás de todas las letras griegas.
Y es que si nos separamos demasiado puede que se destruya medio mundo y por desgracia casi nunca la ayuda internacional llega a tiempo.
Y que si tú decides irte, derivando nuestra constante a nada, yo te escribiré por si quieres integrarla.

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Algunas flores crecen en las dunas

Desde que comenzó la primavera cada vez veo más clara la antítesis de mi vida y del mundo en general. Que ya no todo es lo que era, o si lo es, pero buscamos algo distinto. El placer de lo contrario, la obsesión por el inconformismo, la búsqueda de un imposible.

Que a mí lo que me impresiona es que las flores crezcan en las dunas, que las enfermedades se curen, que las distancias se acorten, que el oxigeno se revalorice, que la historia de una persona que vino hace 2000 años siga moviendo a la gente, que se cocine con humo y tubos de laboratorio, que hagan vaqueros con botellas de plástico, existan tribus desconocidas y que aunque pasen los meses, e incluso los años, vuelvas a casa y puedas tomarte la cerveza de siempre con la gente de siempre. Eso sí que es extraordinario.

Quizás todo consista en eso, en dejarse sorprender, en seguir buscando, en luchar por batallas imposibles, en nunca dejar de andar. Que todas esas incongruencias son las que nos hacen felices.

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Canción triste de cualquier mujer

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Y ahí estaba de nuevo mi letal carcelera.

Soy prisionero de ella desde que iluminó mi alma por vez primera.

Consumiendo mí ser, como las llamas que consumen la cosecha estival.

Su apolíneo rostro es el origen de mi tragedia, tergiversa mi mundo y hace caer rendido al galán más osado, estúpido  aquel indigno que osa corromper tal divina creación.

Dios premia a tan edénica faz con los ojos más cautivadores. Sus océanos color caoba te esclavizan, meciéndote poco a poco en las mareas ahogantes de su mirada. Su fugaz contemplación despierta en cualquiera el deseo más intenso.

Su ondulado cabello cae sobre su angelical rostro, resplandeciente como el diamante y desprendiendo el aroma del bosque en primavera. No hay astro alguno en el firmamento que ose reflejarse en tal divida belleza.

Su arma más letal se esconde en su sonrisa, custodiada por sus labios, unos oasis color carmín en medio de la más abrumadora de las sonrisas. Destellante se convirtió en mi condesa, ilumina al hombre más canalla y despeja cualquier pena obnubilando al hombre por su blanca pureza. Tal es su fuerza que es capaz de guiar a los barcos a puerto en la más tenebrosa tormenta.

Escoltando esta letal constelación de perlas, se encuentra la voz más meliflua de las hijas de Eva. Fluye suavemente entre el más blanco de los mármoles adormeciendo al hombre mas afortunado. Mi castigada alma mataría por recibir el dionisíaco beso que esconde. Dichoso es el hombre que lo recibe pues dispone del gozo eterno.

Completando tan bella combinación se encuentra su esbelta figura, ella alimenta mi desdicha, narcotizando mi mente y convirtiéndome en esclavo de su visión. Creando la adicción más sincera y mortal que el hombre puede conocer.

Y ahí estaba de nuevo mi letal carcelera

Soy prisionero de ella desde que iluminó mi alma por vez primera

Consumiendo mí ser, como las llamas que consumen la cosecha estival.

El otro Él

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Airplanes

Un mar de estrellas dibujaba los contornos de una ciudad que pronto sería un hogar. Volamos y aterrizamos. Todo en un segundo de siglo, sonriéndole a la risa, parando el silencio, corriendo deprisa. Ese atardecer borracho nos acompañaba durante el baile de sobras que el avión dibujaba en las nubes. Todos aplaudimos histéricos, eufóricos, valientes de corazón, hambrientos de aventuras y gritándole al viento nuestras señas, por si algún loco famélico se inspiraba en nuestra historia para su banda sonora.

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Ella

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de | diciembre 30, 2014 · 6:02 pm

My witness is the empty sky.

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Los árboles danzaban al son del viento, mostrando orgullosos las nuevas vestimentas que cada año les regalaba la primavera. De manera desinteresada, dejaban pasar los primeros rayos de sol de la mañana para que acariciaran la piel del viajero. Avanzaba lentamente y, con mirada despreocupada, iba posando sus ojos en cada detalle, en cada regalo que el bosque le ofrecía. A menudo se detenía y cerraba los ojos, apenas un momento. Lo hacía simplemente para escuchar, aspirar, palpar, recrearse en la eternidad del instante. No tenía prisa, él nunca se había considerado un caminante. Prefería verse a sí mismo como un paseante, centrado más en disfrutar el trayecto que en llegar a su destino.
Conforme iba avanzando veía como los árboles se separaban poco a poco unos de otros. Como si cada uno de sus pasos hiciera retumbar la tierra, distanciándolos y permitiéndoles crecer sin molestarse. El camino desembocaba en un claro bañado de luz dónde sólo se podía vislumbrar una figura solitaria que se alzaba orgullosa. Era un roble centenario que, con la soberbia que otorga la soledad buscada, decidió alejarse del resto de su especie. Ahora, resignado, pasaba las horas sin más compañía que los mirlos, ruiseñores y petirrojos que cada día descansaban en sus vetustas ramas.
Aproximándose lentamente y, con la intención de tomar un descanso, él apoyó su espalda contra el rugoso tronco y, alzando la vista, quedó maravillado. Ante él se extendía una vista bucólica, comparable a los paisajes descritos en las novelas pastoriles más idealizadas. El simple contemplar inspiraba paz y empujaba a la reflexión. Y fue en ese mismo momento cuando le invadió un fuerte sentimiento de posibilidades. Una oleada de optimismo y poderío le golpeó. Se sintió fuerte, preparado, dispuesto. El mundo era suyo, podía percibirlo. Era joven, era libre, una infinidad de caminos se extendían ante él. Y pensó: “Éste es el comienzo de la felicidad”.
Pasarían mucho tiempo hasta que volviese a recordar aquel paisaje que tanto le extasió. Sin embargo, el recuerdo al volver era nítido, como una fotografía cuyo negativo había permanecido en lo más profundo de su mente y que, por alguna razón desconocida, se había revelado súbitamente. Le inundaron deseos de dibujar esa imagen, pero, desafortunadamente, esas eran las semanas en las que debía enfrentarse al cierre del ejercicio de la empresa, por tanto, no era momento para esas necedades. No obstante, el deseo crecía cada vez más dentro de él y, con el único objetivo de apaciguarlo, rescató un antiguo bloc de una de esas cajas que guardaba al fondo del desván. Con la ayuda de un lápiz se dispuso a realizar un simple y rápido boceto que le permitiese seguir con su verdadero trabajo. El problema es que no quedaba satisfecho con el resultado y, tras varios intentos, abandonó su proyecto.
Lo siguientes días los pasó sumergido en papeles. Su mundo se redujo a balances y cuentas, a pérdidas y ganancias, a noches en vela y cafés dobles. Mas no podía alejar aquel recuerdo de su cabeza y se prometió a sí mismo que saciaría ese capricho cuando tuviese tiempo para ello.
Varias semanas después pudo por fin hacer un hueco en su apretada agenda. Era un martes por la tarde y las nubes cubrían el cielo en uno de esos días en los que la lluvia amenaza con caer pero nunca llega a hacerlo. Él supuso que su primer fracaso se debió a la ausencia de color, por tanto, decidió cambiar de estrategia. El bloc se vio sustituido por un lienzo y fue entonces cuando comenzó a bosquejar los elementos fundamentales de su futura obra. El esbozo no le convencía mucho, pero confiaba en que el óleo sería capaz de plasmar por fin ese recuerdo que comenzaba a taladrarle la mente. Sin perder un solo segundo, el lápiz se vio reemplazado por un pincel de grosor medio acabado en punta y una paleta compuesta por los colores más básicos: amarillo, cian y magenta.
Durante esa tarde y los siguientes días, siempre que tenía tiempo libre, lo empleaba para pintar. Permanecía despierto hasta altas horas de la madrugada y apenas dormía. Su material inicial lo vio pronto escaso y fue ampliándolo a una velocidad vertiginosa. Apenas dos semanas después de empezar, ya manejaba una infinidad de tipos distintos de pinceles: tanto de pelo natural como sintético, desde aquellos tan finos cuyos trazos difícilmente se apreciaban hasta las brochas más gruesas. Pinceles redondos, chatos, angulares, en forma de abanico… En cuanto a los colores, parecía que el espectro visible por el ojo humano se le antojaba insuficiente. Reunió un sinfín de tonalidades de cada color y los mezclaba sin descanso buscando esos matices que parecían únicamente existir en su memoria.
Comenzó a faltar al trabajo y, cuando iba, pasaba las horas soñando despierto, garabateando formas sin sentido. Su estudio donde, hasta no hace mucho, imperaban los números y el orden, se vio inundado por una oleada de caos que se fue propagando por toda la casa. La inspiración inicial, que él siempre la vio insuficiente, pronto cedió a la desesperación. Las pinceladas, antes estudiadas y esmeradas dieron paso a brochazos impotentes. Podía verse esa degradación observando los incontables intentos fallidos que ahora descansaban apoyados en las paredes o simplemente tirados en el suelo. Llenaban todos los huecos disponibles del estudio, del salón, e incluso de su habitación, creando un ambiente asfixiante. En los primeros fracasos se podía apreciar las figuras: los esbeltos árboles, las esponjosas nubes, el ancho cielo, la deslumbrante luz del sol… No obstante, conforme él perdía el norte así lo hacía su obra. Intentó sin éxito pintar el sonido del viento agitando las hojas, el tacto de la hierba bajo sus pies desnudos, el aroma del áspero tronco del roble. Desafío los límites del arte y perdió.
Llevaba tres días sin dormir cuando, sumido en la angustia, decidió regresar al lugar donde todo empezó. Debía volver a contemplar aquella maravillosa vista y demostrase que no estaba loco. Se sentó al volante de su Mercedes gris, ese Mercedes que tantas horas de trabajo le había costado, ese Mercedes que, al igual que su televisor de alta definición, su reloj de oro y sus corbatas de seda, lo veía ahora como innecesario. Lujos deseados y disfrutados por una persona que ya no existía.
Partió un jueves en mitad de la noche y condujo sin descanso, apenas parando para recargar el depósito y comprar bebidas energizantes de cualquier tipo. Éstas hacían posible el precario equilibrio que le suspendía tambaleante sobre la delgada línea que separa el sueño de la vigilia. Agarraba el volante con la misma fuerza que un ave rapaz agarra sus presas y, a causa de los nervios y las ingentes cantidades de cafeína, su corazón latía a un ritmo preocupante, como si fuera a estallar en cualquier momento.
Alcanzó su destino la madrugada del sábado y se dispuso a volver a recorrer el laberinto de la memoria. Caminaba agitadamente y, cuando sus piernas se lo permitían, corría. Su estado de ánimo contrastaba frontalmente con cómo se sentía la última vez que estuvo allí. El sosiego y la despreocupación de entonces chocaban con el ansia y la zozobra que atenazaban su corazón ahora. Todo esto, mezclado con el cansancio y la extrema delgadez, daba a su semblante un aire fantasmagórico. Sus mejillas se habían hundido y su mirada ojerosa se clavaba, penetraba y atravesaba. Parecía de otro mundo. En la frente asomaban profundas arrugas y sus cabellos se habían tornado cenicientos. Sus manos huesudas mostraban llagas debido a la presión enfermiza con la que había sostenido el pincel en los últimos meses. Sus labios se habían marchitado, echaban de menos curvarse, echaban de menos mostrar alegría.
Todo le resultaba familiar y a la vez desconocido, su mente no terminaba de vincular los recuerdos con lo que apreciaban sus sentidos. Las horas se deslizaron rápidamente como arena entre los dedos y, en un abrir y cerrar de ojos, la noche comenzó a abrirse paso. Había luna nueva, por tanto, una oscuridad impenetrable cubrió pronto la espesura. Él, que había recorrido cada uno de los caminos que discurrían por el bosque sin encontrar aquel ansiado espacio de libertad, se hundió en una espiral de locura. Gritaba se revolvía, lloraba, se golpeaba. Tras varios minutos, su cuerpo alcanzó el límite y perdió la consciencia. Cayó exhausto, como fulminado por un rayo. No despertó hasta la mañana siguiente, cuando el alba rompía.
Abrió los ojos y se encontró a sí mismo tendido en el suelo, respiró hondo y fue entonces cuando lo comprendió. No existía tal claro, no por lo menos como él lo recordaba. Había vuelto buscando una ruta al pasado que era imposible retomar. Comprendió también que lo que experimentó aquel día no fue el comienzo de la felicidad, sino que era la propia felicidad. Esa felicidad que había distorsionado sus recuerdos, idealizando paisajes y obsesionándole por completo. Esa felicidad con la que se había encontrado una vez y que se había marchado para siempre. Como dos rectas que se encuentran en un punto y luego se separan, tomando caminos distintos, sin esperanza de volver a verse.
Miró al cielo y, con la tranquilidad de aquel que ve que no tiene otra opción, aceptó su destino. Había caído preso del tiempo, condenado a cadena perpetua de nostalgia.

 

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de | diciembre 8, 2014 · 4:03 pm

La eternidad dorada

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Un día despertó y soñó que aún no era de día. Desde entonces nunca dejó de navegar abrazado a las quimeras de la suerte, dejando al libre albedrío cada una de sus extremidades. Empezó a fumar pipa, a oler el vapor del pan al amanecer, empezó a comer soja y bailar con un solo pie. Se dejó barba, y ya no guiñaba los ojos. Volaba sobre los tejados a media noche, con un Martini por bandera y zapatos de charol arrugado. La noche que entró en el bar, sonaba vértigo de Leiva. La sala olía a madera vieja y juventud. Cada pedazo de pared sostenía las ganas de vivir de los allí presentes, y todos formaban una sola canción al bailar. Era la última noche del verano y cada uno buscaba una razón más para disfrutar de los últimos segundos estivales que mecían los brazos del grupo. Un excesivo granel de sensaciones abarcaba la situación, sudor que bajaba por la frente hasta la barra donde se pedían copas y cientos de chupitos proscritos. La luz se filtraba en los rincones donde se bailaba anudado, la oscuridad bailaba frente a los solitarios. Todos pedían más tiempo a la noche, escapando de la inminente realidad que atormentaba. Barajando la posibilidad de escapar a un mundo paralelo. Él termino su vaso y salió a la calle a respirar por primera vez en mucho tiempo. Y así, con su barba, sus zapatos y la pipa en mano, aspiro una bocanada de vida al cielo, y cerró los ojos para poder ver mejor ese instante de inverosímil velocidad, de increíble felicidad.

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