Quien hubo antes de.

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Doy por hecho que ya no. Que sigues siendo pero ya no eres. Conmigo, ya no. Con alguien, tal vez. Doy por hecho que hay historias que terminan antes de empezar y lunes que nunca acaban de llegar. Doy por hecho que nuestras manos se cansaron de querer atrapar el agua entre los dedos. Que el agua no se coge. Se bebe.

Doy por hecho que las cosas cambiaron, que pasaron a otra dimensión y que ya no son más que cartas viejas de algo parecido a amor. Doy por hecho que nunca volverán a ser, que tal vez nunca fueron. Doy por hecho que ahora no estás más lejos de lo que estabas a mi lado. Y por una vez, sé que hago bien en dar las cosas por hecho. Antes no. Nunca hice bien adelantando sucesos. Nunca se me dio bien adivinar el futuro. Y mira que me gustaba. Me encantaba imaginar qué pasaría, qué acontecería. Me recreaba ideando situaciones tan positivas como negativas. Me agotaba el presente, me quedaba sin uñas.

Doy por hecho que quien ahora sonríe a tu lado no sabe quién hubo antes de. Que igual nunca le has contado que alguien quemó sus horas por ti. Unas diecisiete mil doscientas ochenta horas por ti. Que es muy posible que no le hayas hablado de la chica que bailaba torpemente al andar, la que rompió tu débil mente en mil pedazos. La que te sumergió en esperanza y te hizo creer que la vida era algo más que pasear por la calle.

Seguro que ni se te ocurre decirle que llegaste a quererme cuando era lo último que querías. Que, tal vez, nunca le has dicho que tuviste entre tus manos el corazón más ciego y patoso que alguien pueda tener. El más estúpido corazón jamás inventado.

Doy por hecho (también) que algún día habrá una segunda parte en este estúpido corazón. Un nuevo capítulo que empezará con un “Erase una vez…”. Será un “continuará” que tendrá otro protagonista. Alguien que me dibujará una nueva sonrisa nerviosa y que provocará de nuevo que el pulso se acelere de cero a cien, como mi coche cuando arranca. Alguien capaz de jugarse las horas por mí, el sentido común y la sensibilidad.

Alguien que tampoco sabrá quién hubo antes de.

No le contaré que hubo alguien que cambió mi vida de pies a cabeza. No le diré que le conocí de golpe y casualidad, ni que pasó a ser mi rutina favorita más perjudicial. Y si alguna vez pregunta, sólo diré que fuiste alguien más. Alguien normal, con una vida corriente, con pensamientos comunes. Alguien que me llenó y me dejó de llenar, sin más.

Pero lo cierto es que no. Y tú sabes que no. Porque fuiste (o fuimos) de todo menos normal. Fuimos magníficos durante algún tiempo. Fuimos fuegos artificiales, atracciones de feria, besos con fuerza. Un pulso continuo, un reto diario. Fuimos de todo menos simples. Unos inestables incapaces de ver que cuando no, es que no.

Tú y yo fuimos. Sin más. Pero prometo no contárselo a nadie.

Prometo no volver a escribirte más.

Doy por hecho que la vida sigue, siempre sigue. Y aplaudo siempre la continuidad. Faltaría más. Pero supongo que cierta parte de mis días seguirá viéndote en cada rincón de esta ciudad.

Seguiré viéndote, al menos hasta que los rayos de sol anuncien una nueva llegada.

Seguiré viéndote en cada película de domingo, en cada semáforo en rojo, en cada renglón a medias. Seguiré viéndote en las marcas del café, en las hojas dobladas de algún libro, en las fotos que nunca nos hicimos.

Seguiré viéndote, pero te prometo no hacerlo.

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