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How wild it was, to let it be.

 

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Esa mañana abrí los ojos y perdí la noción del tiempo. Como si me hubiese desmayado y despertase no sabiendo bien a dónde o a quién mirar. Esa mañana todo me sonaba a ruido, ruedas, rápido, railes. El traqueteo recreaba el vaivén de la más dulce cuna. Era una mezcla de euforia, excitación y miedo. No entendía por qué yo tenía que estar ahí.

Su voz me calmaba mientras me explicaba que cuando una persona se rompe, toda su biografía, su vida, queda pequeñamente arrastrada por ello hacia un yo más oscuro.

Nosotros somos hilanderos de historias, me decía, vamos corriendo por el mundo arreglando momentos para que tengan el final adecuado; para que ese niño llegue a ser un escritor, o ese anciano llegue a conocer a sus nietos. Hacemos todo lo posible para que las almas queden conectadas y no desaparezcan de la historia antes de tiempo. Hoy te ha tocado a ti.

 

Yo podía escucharle y observar todo de lejos, como si mi cuerpo ya no formara parte de mí. Tenía la capacidad de ver su trabajo y el cansancio que rodeaba sus ojos.

Corríamos tanto que creí que volábamos, sobrevolando Madrid con los ojos cerrados. En solo milésimas de segundo, curaban almas con la delicadeza de un hilandero de seda, con la certeza de un matemático y con la rapidez de un colibrí. Podía ver esas manos trabajando al compás de un pianista marcando el tempo y sentir que ya no tenía miedo.

Era un torbellino de sensaciones, una mezcla de pasión y calma, de conocimiento y humildad. Su voz tenía el poder de hacerme sentir viva, de hacerme cosquillas entre los pulmones en aquella ambulancia traqueteante. Y ya no me hizo falta nada más.

 

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de | mayo 4, 2016 · 9:41 am

“Recordar: del latín, volver a pasar por el corazón.”

Recuerdo bien todo el tiempo que pasamos, juntos. Recuerdo el calor y las tardes en la hamaca, a la sombra de los árboles del bosque y del humo de cada cigarro. Recuerdo las risas y el correr de los niños. Recuerdo también como te escondías, tímida, detrás de la sábana, y como sonreías cada vez que te dabas cuenta de que me estaba haciendo el tonto para hacerte reír. Recuerdo como te gustaba escuchar música lenta y bailar anudada, con los labios rojos. Recuerdo como te tumbabas en el suelo, con el pelo enredado y riendo por algo que pasó hace años. Y recuerdo todos los momentos en los que lo único que importaba éramos nosotros y como el sol se iba para deja sitio a luna. Y recuerdo cuando te fuiste, haciéndome creer que siempre te quedarías y prometiendo que estarías en mi corazón.

A lo mejor fue por tu sonrisa, por tus caras, por cómo me mirabas o por la forma en la que caminabas sobre el fuego, no lo sé, pero en ese momento asumí que eras totalmente sincera en cada uno de tus gestos y palabras. Quizá por eso recuerde tantas cosas, quizá por eso te recuerde. Quizá, en el fondo, no me mentiste, y nunca te fuiste de mi lado.

Él.

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de | marzo 20, 2014 · 5:34 pm