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Como sentir llover desde dentro, como empaparse de ganas.

 

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Tal y como quedó descrito: somos seres infinitos.

Ahora más que nunca. Como si la experiencia te proporcionara certeza sobre aspectos intangibles y caos sobre lo visible. Errar sólo nos hace más sabios, mates, como la piedra que se pule con el agua y rueda cada vez más rápido.

Qué lejanos y qué bellos quedan aquellos momentos lentos, donde dejábamos tiempo y espacio a cada sonrisa y pálpito.

Sé que no soy quién para pedir nada. Por eso no pido, recito. Invoco a tus musas. Bailo con tus pensamientos. Fumo las miradas e inhalo el humo de tu jardín.

Te busco de lejos para verte de cerca. Voy arrancando el coche. Anhelo tus alas de águila. Subo a los montes para alcanzar las nubes donde pensar en voz alta.

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De nuevo, recito: regresemos en el tiempo a todos esos incoherentes y felices segundos. Escribamos con ansia, con locura, con necesidad. Revivamos a Jack Kerouac una vez más.

Luchemos por las cervezas de madrugada con la certeza de que dormir no merece la pena, hagamos que su espíritu orgulloso baile un twist.

Volvamos a arreglar el mundo desde el cristal de un vaso.

Embriaguémonos con recuerdos y hablemos claro. Siempre me han atraído las personas honestas.

Olvidemos los golpes, hagamos que el viaje merezca la pena.

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de | enero 17, 2016 · 3:29 pm

Quiero quedarme a vivir en ese instante en el que la montaña rusa llega arriba y no antes, ni después.

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“Es como si estuviera leyendo un libro y es un libro que amo profundamente. Pero ahora lo leo muy lentamente. Así que las palabras están muy separadas y el espacio entre las palabras es casi infinito. Aún puedo sentirte a ti y a las palabras de nuestra historia. Pero es en este espacio infinito entre las palabras que me estoy encontrando a mí misma. Es un lugar que no existe en el plano físico. Es donde está todo lo demás que ni siquiera sabía que existía.”

 

Vuelvo, rodeo y regreso. Sacudo el polvo a mis pensamientos. Dejo los sentimientos al libre albedrío. Los pálpitos llevan el ritmo: comienzo. Queridos Reyes Magos, querido tú, querido yo.

Pido, prometo, que en este nuevo año el escribir no se convierta en un billete hacia el pasado sino que sea mi pasaporte a reinventarme, a renacer, recalentar, realizar, revalorizar, responder, reír.

Que la brisa de siempre sea un nuevo impulso a aguantar con más paciencia los resbalones y sepa grabar en mi memoria todos y cada uno de los atardeceres que vienen cuando menos esperamos, tomando un café o en la cola del súper.

Que en cada discusión, al hacer balance, el cariño gane siempre el pulso. Y que escoja quedarme con todo lo aprendido aunque duela.

Busquemos más allá de nuestras pequeñas cajas mentales, salgamos de ellas, y valoremos todas esas nubes que hacen que cuando llega el sol, todo el mundo sonría. No olvidemos que pasamos un tercio de nuestras vidas dormidos y es que puede que sea el tiempo en el que nos sentimos más libres. Soñemos mucho, soñemos en voz alta. Que los ilusos gobiernen el mundo porque las utopías son imprescindibles para avanzar.

Que este sólo sea el comienzo hacia una nueva etapa, más brillante, más viva y más real.

 

Con cariño.

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de | diciembre 21, 2015 · 9:59 pm

Airplanes

Un mar de estrellas dibujaba los contornos de una ciudad que pronto sería un hogar. Volamos y aterrizamos. Todo en un segundo de siglo, sonriéndole a la risa, parando el silencio, corriendo deprisa. Ese atardecer borracho nos acompañaba durante el baile de sobras que el avión dibujaba en las nubes. Todos aplaudimos histéricos, eufóricos, valientes de corazón, hambrientos de aventuras y gritándole al viento nuestras señas, por si algún loco famélico se inspiraba en nuestra historia para su banda sonora.

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Ella

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de | diciembre 30, 2014 · 6:02 pm

My witness is the empty sky.

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Los árboles danzaban al son del viento, mostrando orgullosos las nuevas vestimentas que cada año les regalaba la primavera. De manera desinteresada, dejaban pasar los primeros rayos de sol de la mañana para que acariciaran la piel del viajero. Avanzaba lentamente y, con mirada despreocupada, iba posando sus ojos en cada detalle, en cada regalo que el bosque le ofrecía. A menudo se detenía y cerraba los ojos, apenas un momento. Lo hacía simplemente para escuchar, aspirar, palpar, recrearse en la eternidad del instante. No tenía prisa, él nunca se había considerado un caminante. Prefería verse a sí mismo como un paseante, centrado más en disfrutar el trayecto que en llegar a su destino.
Conforme iba avanzando veía como los árboles se separaban poco a poco unos de otros. Como si cada uno de sus pasos hiciera retumbar la tierra, distanciándolos y permitiéndoles crecer sin molestarse. El camino desembocaba en un claro bañado de luz dónde sólo se podía vislumbrar una figura solitaria que se alzaba orgullosa. Era un roble centenario que, con la soberbia que otorga la soledad buscada, decidió alejarse del resto de su especie. Ahora, resignado, pasaba las horas sin más compañía que los mirlos, ruiseñores y petirrojos que cada día descansaban en sus vetustas ramas.
Aproximándose lentamente y, con la intención de tomar un descanso, él apoyó su espalda contra el rugoso tronco y, alzando la vista, quedó maravillado. Ante él se extendía una vista bucólica, comparable a los paisajes descritos en las novelas pastoriles más idealizadas. El simple contemplar inspiraba paz y empujaba a la reflexión. Y fue en ese mismo momento cuando le invadió un fuerte sentimiento de posibilidades. Una oleada de optimismo y poderío le golpeó. Se sintió fuerte, preparado, dispuesto. El mundo era suyo, podía percibirlo. Era joven, era libre, una infinidad de caminos se extendían ante él. Y pensó: “Éste es el comienzo de la felicidad”.
Pasarían mucho tiempo hasta que volviese a recordar aquel paisaje que tanto le extasió. Sin embargo, el recuerdo al volver era nítido, como una fotografía cuyo negativo había permanecido en lo más profundo de su mente y que, por alguna razón desconocida, se había revelado súbitamente. Le inundaron deseos de dibujar esa imagen, pero, desafortunadamente, esas eran las semanas en las que debía enfrentarse al cierre del ejercicio de la empresa, por tanto, no era momento para esas necedades. No obstante, el deseo crecía cada vez más dentro de él y, con el único objetivo de apaciguarlo, rescató un antiguo bloc de una de esas cajas que guardaba al fondo del desván. Con la ayuda de un lápiz se dispuso a realizar un simple y rápido boceto que le permitiese seguir con su verdadero trabajo. El problema es que no quedaba satisfecho con el resultado y, tras varios intentos, abandonó su proyecto.
Lo siguientes días los pasó sumergido en papeles. Su mundo se redujo a balances y cuentas, a pérdidas y ganancias, a noches en vela y cafés dobles. Mas no podía alejar aquel recuerdo de su cabeza y se prometió a sí mismo que saciaría ese capricho cuando tuviese tiempo para ello.
Varias semanas después pudo por fin hacer un hueco en su apretada agenda. Era un martes por la tarde y las nubes cubrían el cielo en uno de esos días en los que la lluvia amenaza con caer pero nunca llega a hacerlo. Él supuso que su primer fracaso se debió a la ausencia de color, por tanto, decidió cambiar de estrategia. El bloc se vio sustituido por un lienzo y fue entonces cuando comenzó a bosquejar los elementos fundamentales de su futura obra. El esbozo no le convencía mucho, pero confiaba en que el óleo sería capaz de plasmar por fin ese recuerdo que comenzaba a taladrarle la mente. Sin perder un solo segundo, el lápiz se vio reemplazado por un pincel de grosor medio acabado en punta y una paleta compuesta por los colores más básicos: amarillo, cian y magenta.
Durante esa tarde y los siguientes días, siempre que tenía tiempo libre, lo empleaba para pintar. Permanecía despierto hasta altas horas de la madrugada y apenas dormía. Su material inicial lo vio pronto escaso y fue ampliándolo a una velocidad vertiginosa. Apenas dos semanas después de empezar, ya manejaba una infinidad de tipos distintos de pinceles: tanto de pelo natural como sintético, desde aquellos tan finos cuyos trazos difícilmente se apreciaban hasta las brochas más gruesas. Pinceles redondos, chatos, angulares, en forma de abanico… En cuanto a los colores, parecía que el espectro visible por el ojo humano se le antojaba insuficiente. Reunió un sinfín de tonalidades de cada color y los mezclaba sin descanso buscando esos matices que parecían únicamente existir en su memoria.
Comenzó a faltar al trabajo y, cuando iba, pasaba las horas soñando despierto, garabateando formas sin sentido. Su estudio donde, hasta no hace mucho, imperaban los números y el orden, se vio inundado por una oleada de caos que se fue propagando por toda la casa. La inspiración inicial, que él siempre la vio insuficiente, pronto cedió a la desesperación. Las pinceladas, antes estudiadas y esmeradas dieron paso a brochazos impotentes. Podía verse esa degradación observando los incontables intentos fallidos que ahora descansaban apoyados en las paredes o simplemente tirados en el suelo. Llenaban todos los huecos disponibles del estudio, del salón, e incluso de su habitación, creando un ambiente asfixiante. En los primeros fracasos se podía apreciar las figuras: los esbeltos árboles, las esponjosas nubes, el ancho cielo, la deslumbrante luz del sol… No obstante, conforme él perdía el norte así lo hacía su obra. Intentó sin éxito pintar el sonido del viento agitando las hojas, el tacto de la hierba bajo sus pies desnudos, el aroma del áspero tronco del roble. Desafío los límites del arte y perdió.
Llevaba tres días sin dormir cuando, sumido en la angustia, decidió regresar al lugar donde todo empezó. Debía volver a contemplar aquella maravillosa vista y demostrase que no estaba loco. Se sentó al volante de su Mercedes gris, ese Mercedes que tantas horas de trabajo le había costado, ese Mercedes que, al igual que su televisor de alta definición, su reloj de oro y sus corbatas de seda, lo veía ahora como innecesario. Lujos deseados y disfrutados por una persona que ya no existía.
Partió un jueves en mitad de la noche y condujo sin descanso, apenas parando para recargar el depósito y comprar bebidas energizantes de cualquier tipo. Éstas hacían posible el precario equilibrio que le suspendía tambaleante sobre la delgada línea que separa el sueño de la vigilia. Agarraba el volante con la misma fuerza que un ave rapaz agarra sus presas y, a causa de los nervios y las ingentes cantidades de cafeína, su corazón latía a un ritmo preocupante, como si fuera a estallar en cualquier momento.
Alcanzó su destino la madrugada del sábado y se dispuso a volver a recorrer el laberinto de la memoria. Caminaba agitadamente y, cuando sus piernas se lo permitían, corría. Su estado de ánimo contrastaba frontalmente con cómo se sentía la última vez que estuvo allí. El sosiego y la despreocupación de entonces chocaban con el ansia y la zozobra que atenazaban su corazón ahora. Todo esto, mezclado con el cansancio y la extrema delgadez, daba a su semblante un aire fantasmagórico. Sus mejillas se habían hundido y su mirada ojerosa se clavaba, penetraba y atravesaba. Parecía de otro mundo. En la frente asomaban profundas arrugas y sus cabellos se habían tornado cenicientos. Sus manos huesudas mostraban llagas debido a la presión enfermiza con la que había sostenido el pincel en los últimos meses. Sus labios se habían marchitado, echaban de menos curvarse, echaban de menos mostrar alegría.
Todo le resultaba familiar y a la vez desconocido, su mente no terminaba de vincular los recuerdos con lo que apreciaban sus sentidos. Las horas se deslizaron rápidamente como arena entre los dedos y, en un abrir y cerrar de ojos, la noche comenzó a abrirse paso. Había luna nueva, por tanto, una oscuridad impenetrable cubrió pronto la espesura. Él, que había recorrido cada uno de los caminos que discurrían por el bosque sin encontrar aquel ansiado espacio de libertad, se hundió en una espiral de locura. Gritaba se revolvía, lloraba, se golpeaba. Tras varios minutos, su cuerpo alcanzó el límite y perdió la consciencia. Cayó exhausto, como fulminado por un rayo. No despertó hasta la mañana siguiente, cuando el alba rompía.
Abrió los ojos y se encontró a sí mismo tendido en el suelo, respiró hondo y fue entonces cuando lo comprendió. No existía tal claro, no por lo menos como él lo recordaba. Había vuelto buscando una ruta al pasado que era imposible retomar. Comprendió también que lo que experimentó aquel día no fue el comienzo de la felicidad, sino que era la propia felicidad. Esa felicidad que había distorsionado sus recuerdos, idealizando paisajes y obsesionándole por completo. Esa felicidad con la que se había encontrado una vez y que se había marchado para siempre. Como dos rectas que se encuentran en un punto y luego se separan, tomando caminos distintos, sin esperanza de volver a verse.
Miró al cielo y, con la tranquilidad de aquel que ve que no tiene otra opción, aceptó su destino. Había caído preso del tiempo, condenado a cadena perpetua de nostalgia.

 

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de | diciembre 8, 2014 · 4:03 pm

El idioma de Pocahontas

El idioma de Pocahontas

“Volveré”, me dijo. Y supe entonces que no volvería. El destino era fuerte, tenía la piel tostada y mirada brillante. Miraba al horizonte sin miedo, con prisas y pasiones bajo el brazo. Quizás sea eso lo que me mantuvo allí, bebiendo esa cerveza. Nunca cruzará mi camino, no sobrevolará un océano de posibles, sólo por embarcarse en una canoa que le ataría a un presente vacío. Y es que teníamos una forma de esperarnos tan delicada que era imposible que nos encontráramos.

Ella

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de | junio 16, 2014 · 5:51 pm

Cruzando la meta

Cruzando la meta

 

Se acaba una etapa y nosotros obedientes saltamos al vacío de nuestras expectativas seguidos por una manada angustiosa de personas que como lobos en busca de carne pululan a nuestro alrededor en busca de respuestas a preguntas existenciales que no sabemos o no queremos responder. Llega nuestra hora de ser protagonistas en un mundo reacio a cambiar, en una sociedad sin esperanza, gris. Llega nuestra hora y probablemente no sepamos qué camino guiará nuestros pasos pero movidos por un alma honesta y aún pura de ilusiones, caminaremos con la cabeza alta, hasta que nuestros ojos se llenen de amaneceres y las arrugas sean nuestra seña de identidad. Hasta que nos arrebaten hasta el último gramo de pasión por nuestra vocación. Hasta que, enternecidos por la risa de un niño o la mirada de un anciano, redescubramos el porqué de todo lo vivido.

 

 

Ella.

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de | mayo 11, 2014 · 3:51 pm

Night lights

Night lights

Hay algo en ti, que me ha cambiado. Nunca he sabido qué aromas acompañan tu piel, que hacen que mis manos tiemblen a cada paso que doy, y es que llevo un tiempo pensando en tu perfume y aun no recuerdo haberlo olido nunca. Recuerdo aquella tarde que salí a pasear entre los tejados a ver si te tropezabas en mi rutina, pero no dejaba de mirar al final de la calle con los nervios de una primera cita, demostrando ese don que posees de hacerme olvidar porqué no busco nada más allá de mi bufanda. El don de aparecer en el segundo donde pierdo mi esperanza y me sonríes. La verdad es que vas por ahí bailándole al mundo y nunca me ha interesado un futuro de escenarios o zapatos de tacón, pero sueño contigo todas las noches, y eso es algo que ni yo puedo negar.

Ella.

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de | abril 28, 2014 · 10:47 am

“Don’t use the phone. People are never ready to answer it. Use poetry.” – Jack Kerouac

“Don't use the phone. People are never ready to answer it. Use poetry.” - Jack Kerouac

Existe gente increíble a las que conocimos en el momento equivocado. Y existe gente que es increíble porque las conocimos en el momento correcto. Sé que me gustan muchas cosas y que probablemente me gustaría conseguirlas todas. También se que lo mezclo todo, río sin sentido, prolongo el encanto de vernos, me enfado con facilidad y de vez en cuando me pinto los labios rojos. Mi vida es una carretera sin luces en un Volkswagen antiguo, que me lleva hasta una estrella fugaz que me dejará caer al vacío. Sé que soy tu peor apuesta, que dudas que esto tenga sentido. Pero esta es la noche, en lo que me refiere a ti. Y no tengo nada que ofrecer excepto mi propia confusión.

Ella.

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de | febrero 24, 2014 · 7:24 pm

Dice la gente

Que dice la gente que no sabe si confunde la realidad con el deseo. Quizá sí se trate de eso, de él, de ella, o de lo que sea que hace que las noches se hagan más cortas y los días más largos, más llenos de calor, y de brisa. O a lo mejor, dicen, uno la desea tanto que la inventa entre la gente, y la ve en cada detalle, en cada momento, en cada lugar y en cada calada que te quema por dentro, apareciendo y desapareciendo.

Que dice la gente que no es bueno escuchar al corazón, que es un loco con ganas de autolesionarse, que pelearía contra todos sus miedos con tal de volver a verla. Pero yo no lo sé, cómo lo voy a saber si sólo somos dos errores que la noche corrige. Si sólo me conozco hasta el último lunar de tu cuerpo, hasta la última peca de tu cara y hasta la última mirada de tus ojos. Si en el fondo yo no sé nada. Qué voy a saber de la vida y del amor, si me pierdo entre cañas y porros y no consigo encontrar el camino de vuelta a casa. Como para encontrarte en mi vida, como para encontrarte en mi cama y dormir anudados, como para encontrarte. Que yo no sé nada, sólo lo dice la gente.

Él.

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de | febrero 20, 2014 · 6:15 pm

Dieciséis de febrero.

Dieciséis de febrero.

Estoy sentada en la silla de paja de la terraza, esa que cruje con cada balanceo.
Es un sonido amable, como el de dos viejos amigos reencontrándose.
Esta tarde, el jardín está lleno de dientes de león
y, al verlo, pienso en limones
y en la arruga de su frente al probarlos en esas fiestas de verano interminables.
Ellos están delante de mí,
susurran, pensando que sigo dormida.
Trato de no moverme mucho, quiero guardar esa imagen en mi cabeza,
quiero mantener el recuerdo de las cosas bellas,
y de las cosas que dan forma a la existencia.
“La magia está a punto de llegar”,
comentan mientras se miran unos a otros con los ojos brillantes.
“Yo creo que me alegrará los madrugones”.
“A mí me ayudará a encontrar novia”, dice otro.
Yo sonrío y sigo mirando cómo las ilusiones recorren sus cuerpos
como colibríes brillando en el atardecer como nunca antes lo habían hecho.
La paz y los nervios me invaden todo al mismo tiempo,
noto un cosquilleo dentro de mí que me dice que algo va a cambiar.
Sé que, de pronto,
todo empezará a girar y cobrará sentido.
Nuestra perspectiva se volverá suave, pequeña y frágil,
y ese será el momento más bonito del mundo.

Ella.

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de | febrero 18, 2014 · 9:23 pm